Cuenta
una leyenda que un barco pirata deambulaba, tras sufrir una tempestad en el Atlántico, por las costas portuguesas y españolas. Sus
tripulantes, que habían perdido el rumbo, querían llegar a un puerto seguro y
reparar su maltrecho barco. Pero claro, bajo el pabellón de la calavera no
serían bien recibidos en ninguna parte por su mala fama y por robar metales
preciosos a estos países, sobre todo a los españoles.
Tenían
en sus bodegas varios cofres de tesoros robados en sus distintas acciones en el
continente americano. Para los piratas lo prioritario era el arreglo de su
galeón, pero, durante la
reparación, los cofres debían
estar en un lugar seguro ya
que no se los podían llevar
consigo de un lado para otro pues, si los apresaban, lo perderían todo.
Consideraron entonces la posibilidad de enterrarlos en
diferentes lugares para, una vez que el barco estuviese reparado, volver a recuperar los distintos cofres.
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| El barco pirata quedó maltrecho por una tempestad cerca de las costas portuguesas y españolas. Dibujo de Lucía Díaz Márquez |
Así, una noche se repartieron los cofres en varios botes. Con uno de estos, cuando ya tan solo quedaba un cofre por poner a buen recaudo, rastrearon el río Tinto para disponer dónde lo podían ocultar. Vieron que, en el margen derecho de este río y antes de llegar a la población de San Juan del Puerto, podían esconder el último cofre que les quedaba. Desembarcaron y caminaron un poco, y entonces vislumbraron un lugar cercano a un camino que comunicaba San Juan del Puerto y Huelva, pudiendo ser éste un buen escondite para su tesoro. Una vez elegido el sitio, se pusieron a cavar el agujero donde pondrían el cofre. Ya depositado el tesoro le echaron tierra encima y taparon el agujero. Más tarde se fueron por donde habían venido y se alejaron por el río Tinto hasta su desembocadura, donde les esperaban sus compañeros de aventuras.






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